En mercados tan competitivos como los actuales
las empresas deben estar mejorando en forma
continua todos sus procesos. Es lo que los japoneses
conocen como el método “kaizen”,
cuyo autor reconocido es Masaaki Imai.
El mejoramiento continuo debe
abarcar todos los procesos de una empresa: de
producción, de relaciones con los clientes
y con los proveedores, de gestión del
desarrollo de las personas, de marketing, de
administración y finanzas; y todos los
subprocesos al interior de estas grandes agrupaciones
que he mencionado. La clave de una empresa exitosa
es alinear en una misma dirección la
infinidad de procesos que la constituyen, que
habitualmente más bien apuntan en sentidos
diferentes e incluso contradictorios en ocasiones.
Las
empresas de excelencia han incorporado el
mejoramiento continuo como una práctica
recurrente y sistemática. No hay empresa
de punta en que este proceso no esté
arraigado en bases muy sólidas al punto
de constituir una verdadera cultura del mejoramiento
continuo.
Sin
embargo, ello no es suficiente. Las peores
amenazas a la competitividad de una empresa
no suelen venir de aquellas áreas o
procesos que una compañía sabe
manejar con cierta maestría, sino desde
otras dimensiones del quehacer empresarial.
Así, por ejemplo, la amenaza a los
sistemas clásicos de correos no viene
de empresas de la competencia sino del desarrollo
de otros sistemas de comunicación como
el teléfono, el fax o Internet.
Prevenir
estas amenazas requiere de las empresas prestar
especial atención a los procesos de
innovación, que constituyen un salto
cualitativo o un quiebre. La innovación
es siempre disruptiva.
Esto
exige mirar otros campos y observar la realidad
con un enfoque creativo. Requiere mirar el
futuro no como un destino inevitable (al modo
de las tragedias griegas) sino como una realidad
que está en nuestras manos construir.
El futuro será lo que ahora hagamos
o dejemos de hacer.
En
este sentido, la innovación en las
empresas no debe ser un proceso reservado
exclusivamente a un grupo de especialistas
en la materia (departamentos de ingeniería
o de estudios), sino un fenómeno difundido
en todo el personal de las compañías.
Es lo que se llama innovación abierta
versus innovación cerrada.
Esta
idea se enlaza con la convicción compartida
por todos los expertos en gestión empresarial
de que el personal es el principal activo
de las empresas; o, más exactamente,
las competencias, habilidades, aptitudes y
actitudes del personal, así como su
compromiso con las orientaciones estratégicas
de las compañías.
Si bien las empresas – al menos aquellas
que han alcanzado una gestión de excelencia
– han logrado incorporar una cultura
del mejoramiento continuo, les ha resultado
más difícil asumir y difundir
una cultura de la innovación que comprometa
a todo su personal. Este es uno de los factores
que está determinando en la actualidad
la ventaja competitiva que definirá
a las empresas ganadoras del futuro.