Por Rodolfo Cáceres, Socio Vantaz Group y Director línea Arquitectura e Ingeniería IT/OT.

Cuando hablamos de ciberseguridad en minería, gran parte de la conversación suele concentrarse en tecnologías, arquitecturas y herramientas de protección. Firewalls, monitoreo, segmentación de redes y sistemas de detección son fundamentales, especialmente en operaciones cada vez más conectadas. Sin embargo, existe una dimensión menos visible que atraviesa toda la operación: las decisiones cotidianas de quienes interactúan con esos sistemas.
Una faena minera es un ecosistema complejo en el que conviven operadores, mantenedores, contratistas, integradores tecnológicos y proveedores que requieren distintos niveles de acceso a sistemas y equipos. Cada conexión remota, credencial o intervención incorpora una decisión que puede fortalecer o debilitar la seguridad de la operación, incluso cuando quien la toma no pertenece a un equipo de tecnología o ciberseguridad.
El State of ICS/OT Security 2025 del SANS Institute entrega una señal relevante: el 41% de los incidentes ICS/OT reportados involucró errores o uso indebido interno (insider misuse or error). La cifra ayuda a dimensionar un desafío que va mucho más allá de incorporar mejores herramientas de protección: la ciberresiliencia industrial también depende de las personas, los procesos y de cómo estos interactúan con la tecnología en la operación.
En entornos industriales, acciones completamente habituales pueden transformarse en un riesgo. Utilizar credenciales compartidas, mantener accesos habilitados después de terminar una tarea, conectar un equipo externo sin verificarlo o realizar cambios sin una adecuada trazabilidad pueden abrir caminos hacia sistemas que controlan procesos físicos.
Esto es especialmente relevante en minería. Una decisión digital puede terminar afectando la disponibilidad de una planta, el funcionamiento de un equipo o la continuidad de un proceso productivo. Por eso, la ciberseguridad no debiera entenderse únicamente como una responsabilidad de especialistas, sino como una práctica que debe incorporarse a la forma cotidiana de operar.
Saber quién tiene acceso, para qué lo necesita, durante cuánto tiempo y cómo debe actuar frente a una situación anómala forma parte de esa cultura. Pero incluso una organización con buenos controles y una cultura sólida debe asumir que los incidentes pueden ocurrir. Ahí aparece un segundo desafío: avanzar desde una lógica centrada exclusivamente en prevenir ataques hacia una de ciberresiliencia.
Podemos tener segmentación, monitoreo, gestión de identidades, controles de acceso y procedimientos bien diseñados. Pero la última milla ocurre cuando una persona toma una decisión frente a una situación real. Ahí aparece una tensión muy minera: seguridad versus urgencia operacional, entonces los procesos deben estar diseñados para que permitan operar de manera segura incluso bajo presión.
Ser ciberresiliente implica que la organización pueda reconocer una irregularidad, escalarla oportunamente, contener sus efectos y recuperar la operación de manera segura. Esa capacidad tampoco depende únicamente de una plataforma tecnológica o de un equipo especializado. Requiere que cada actor conozca su rol cuando las barreras preventivas fallan.
La minería ha avanzado durante décadas construyendo una cultura en la que la seguridad operacional forma parte de cada decisión. El desafío ahora es extender esa misma lógica al entorno digital.



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