La capacidad instalada de sistemas de almacenamiento mediante baterías prácticamente se duplicó en América Latina y el Caribe en menos de un año. Chile lidera este avance regional, pero la rápida expansión de los BESS también abre nuevos desafíos para la infraestructura eléctrica.

El almacenamiento de energía dejó de ser una tecnología complementaria para convertirse en una pieza cada vez más relevante de la transición energética. En menos de un año, América Latina y el Caribe pasó de 1.683 MW de capacidad instalada mediante sistemas BESS en 2025 a 3.408 MW en agosto de 2026, según cifras de la Organización Latinoamericana y Caribeña de la Energía (OLADE).
Chile explica una parte importante de este crecimiento, según el informe de OLADE nuestro país ya cuenta con 2.291 MW de BESS en operación, mientras varios proyectos avanzan en etapas de pruebas y construcción. El despliegue responde, entre otros factores, a la necesidad de aprovechar mejor la generación renovable y entregar mayor flexibilidad al sistema eléctrico.
Pero a medida que crece la escala de estas instalaciones, también cambia la conversación ya no se trata solamente de cuánta energía pueden almacenar las baterías o cuánto pueden aportar a la estabilidad del sistema, sino de qué tan preparada está la infraestructura que las rodea para operar de manera segura. “Chile está avanzando rápidamente en almacenamiento y eso es una buena noticia para la transición energética. Pero cuando una tecnología escala, también deben hacerlo sus estándares de seguridad y eso nos hace evaluar el proyecto como un sistema completo, desde la ingeniería hasta cada uno de los componentes que lo integran”, explica Carlos Vásquez, de Covisa.
Uno de los escenarios que mayor atención concentra en este tipo de instalaciones es el Thermal Runaway o fuga térmica, un fenómeno que puede producir un aumento descontrolado de la temperatura dentro de las celdas de una batería y desencadenar una reacción en cadena. Dependiendo de la tecnología y de las condiciones del incidente, este proceso puede provocar incendios, explosiones y liberación de gases, generando un escenario que puede comprometer otros equipos e instalaciones cercanas.
Para el experto de Covisa, esto obliga a cambiar la forma en que se aborda la seguridad en los proyectos. “La seguridad de un sistema BESS comienza en la etapa de diseño, cuando se decide qué tecnologías, materiales y componentes van a formar parte de la instalación. La prevención tiene que estar incorporada desde la ingeniería”, sostiene.
El comportamiento de los conductores frente al fuego, las altas temperaturas y la eventual generación de gases y humos puede ser relevante para limitar la propagación de un incidente y proteger tanto a las personas como a otros componentes críticos de la instalación. “En un sistema BESS, cada componente debe evaluarse considerando el escenario más exigente. Un conductor puede contribuir a que un evento no se transforme en un problema mayor. La selección de cables es, por lo tanto, una decisión de ingeniería y también una decisión de seguridad”, afirma Vásquez.



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