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Por Manuel Merlino, líder de Energy Advisory de SLR Consulting en LATAM.

Eficiencia energética: una herramienta clave para equilibrar costos, seguridad y sostenibilidad

¿Cómo asegurar un suministro energético confiable, mantener costos competitivos y, al mismo tiempo, reducir el impacto ambiental? Esta pregunta se ha convertido en uno de los principales desafíos para la industria energética y en un eje central para su sostenibilidad de largo plazo.

Un marco analítico útil para abordar este desafío es el denominado trilema energético. Esta definición, propuesta inicialmente por el World Energy Council, plantea la necesidad de equilibrar tres dimensiones: seguridad de suministro, asequibilidad económica y sostenibilidad ambiental.

El reto es evidente, ya que avanzar en una o incluso dos de estas dimensiones suele implicar tensiones sobre las restantes. En este contexto, la eficiencia energética destaca por ser una de las pocas herramientas capaces de generar impactos positivos simultáneos en las tres.

Las fuentes tradicionales de energía han ofrecido históricamente estabilidad y costos relativamente predecibles, pero a costa de altas emisiones.

Por su parte, las energías renovables han reducido significativamente sus costos y representan un pilar fundamental para la descarbonización, aunque aún enfrentan desafíos asociados a su intermitencia, necesidades de almacenamiento y requerimientos de respaldo.

En paralelo, el hidrógeno verde emerge como una alternativa prometedora para sectores difíciles de electrificar, pero todavía debe superar brechas económicas, regulatorias e infraestructura para alcanzar una escala comercialmente sostenible.

En este escenario, la eficiencia energética aparece como una herramienta central, aunque con frecuencia permanece subvalorada. Su contribución es concreta y transversal: permite mejorar la continuidad de suministro, controlar costos y reducir emisiones de manera simultánea. Al consumir menos y de forma más inteligente, las organizaciones disminuyen su dependencia de fuentes externas, alivian la presión sobre los sistemas eléctricos, reducen sus costos operacionales y minimizan su huella ambiental, sin necesidad de incorporar nueva capacidad de generación.

Bajo esta lógica, optimizar el consumo energético debería ser el primer paso, ya que permite reducir gastos y emisiones de forma inmediata, fortalecer la resiliencia operacional, mejora los márgenes del negocio, y reducir la exposición a la volatilidad de precios energéticos. Antes de preguntarse cómo abastecer más energía, resulta clave preguntarse cómo usar mejor lo que ya se tiene. Sin embargo, en la práctica, muchas empresas todavía enfrentan barreras significativas para avanzar en esta agenda.

En primer lugar, persisten brechas de información y de medición. Muchas organizaciones no cuentan con sistemas adecuados de monitoreo ni con datos desagregados que permitan entender con precisión cómo, dónde y cuándo se consume la energía. Sin visibilidad, es difícil identificar oportunidades, priorizar iniciativas o justificar inversiones.

A ello se suma una limitada capacidad técnica y organizacional. La gestión energética suele estar fragmentada o relegada a funciones operativas, con prioridades enfocadas en la producción o el mantenimiento, y sin un foco claro en el desempeño energético. Esto reduce el alineamiento alrededor de la importancia del desempeño energético, así como la capacidad de influir en decisiones de inversión o planificación.

También existen barreras económicas y de incentivos. Aunque muchas medidas de eficiencia energética son costo-efectivas, compiten internamente por capital con proyectos considerados más estratégicos o con retornos más visibles. Y, por último, a nivel cultural, aún es percibida en muchas organizaciones como un tema secundario, asociado únicamente a reducción de costos y no como un habilitador de competitividad y sostenibilidad.

Superar estas barreras no requiere soluciones disruptivas, sino decisión organizacional y consistencia en la ejecución: mejorar la calidad de los datos, fortalecer capacidades internas, alinear incentivos y, sobre todo, integrar la energía como una variable estratégica. En un entorno de creciente presión sobre los costos, la seguridad de suministro y los compromisos ambientales, la energía más sostenible sigue siendo, en muchos casos, aquella que no es necesario consumir.