María Cristina Betancour, Faro Consulting Group.

Cuando se habla de productividad y desarrollo económico, la conversación suele concentrarse en las empresas, el Estado y los trabajadores. Sin embargo, hay otro actor cuya calidad institucional también importa: los gremios empresariales.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoce a las organizaciones de empleadores como actores relevantes para contribuir al diseño de mejores políticas públicas, promover condiciones favorables para la inversión y fortalecer el desarrollo productivo. Pero su aporte depende de la calidad y el profesionalismo con que ejercen su función.
Es por ello que la OIT ha desarrollado herramientas para fortalecer estas organizaciones, y hay un principio que atraviesa buena parte de ellas: un gremio debe representar, pero también generar conocimiento, relacionarse con la autoridad sobre la base de evidencia y defender los intereses de sus asociados con una mirada de largo plazo, más allá de los problemas coyunturales.
Para ello, debe comenzar por conocer las necesidades de quienes representa, comprender sus distintas realidades y traducirlas en prioridades concretas. Representar implica identificar dónde la organización puede generar verdadero valor.
También requiere una institucionalidad sólida. Al igual que en una empresa, el gobierno corporativo importa. Los directorios deben definir la estrategia, resguardar la misión y supervisar la gestión, manteniendo claros los roles entre gobierno y administración. La imparcialidad es igualmente fundamental. La propia OIT plantea que quienes ejercen cargos gremiales no deben utilizar su posición para favorecer a su empresa ni restringir la participación de competidores.
La capacidad técnica completa este estándar. Un gremio debe manejar información útil para su labor de representación. Para ello, contar con estudios, generar estadísticas y aportar evidencia objetiva permite influir de mejor manera en las políticas públicas y contribuir, al mismo tiempo, a mejorar la calidad del debate regulatorio. La incidencia gremial debiera ser entendida como una contribución informada a las decisiones que afectan al sector.
Todo esto adquiere especial relevancia en la minería. Argentina está dando pasos importantes para desarrollar su industria minera y proyecta un crecimiento significativo de sus exportaciones. Perú continúa siendo un competidor minero de primer nivel. Y la transición energética está aumentando la demanda por minerales críticos y abriendo nuevas oportunidades.
Chile tiene mucho que ofrecer en este escenario. Cuenta con recursos minerales, una minería de clase mundial, capital humano especializado, proveedores con experiencia y décadas de conocimiento acumulado. Además, la Comisión Chilena del Cobre (Cochilco) aporta abundante información útil sobre el sector.
Entonces, cabe preguntarse si estamos mirando lo suficientemente lejos. Cuando las oportunidades de un mercado crecen significativamente, resulta poco estratégico concentrar demasiada energía en defender pequeños espacios frente a otros actores. Cada empresa debe cuidar sus intereses, por supuesto. Pero la responsabilidad de un gremio es mayor: mirar el sector como un todo y contribuir a hacerlo crecer.
Hay una diferencia entre defender una parcela y ampliar el territorio. En el primer caso, el éxito consiste en que otro no ocupe nuestro espacio. En el segundo, en generar las condiciones para que todos tengan más oportunidades.
No tiene mucho sentido pelear por las parcelas cuando el mundo nos está ofreciendo nuevos horizontes. La verdadera amenaza no es que otro ocupe nuestro espacio, sino que, mientras nosotros lo defendemos, otros estén aprovechando las oportunidades que no supimos conquistar a tiempo.



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