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Por Jorge Morales Guzmán, gerente general de Horux Latam.

La productividad minera también se juega en la seguridad vial

Durante el mes de la minería, el principal sector productivo del país enfrenta desafíos que exigen operaciones cada vez más alineadas con criterios ambientales, económicos y sociales, cuyos efectos alcanzan directamente a las comunidades y sus territorios. La minería chilena es un sistema productivo extenso: junto con las grandes compañías, existe una amplia red de empresas proveedoras de transporte, ingeniería, mantenimiento, construcción, tecnología, logística y otros servicios especializados.

La dimensión de esa cadena queda a la vista en las cifras. Según el Consejo Minero, durante 2025 la actividad registró un promedio anual de 305 mil empleos directos, incluidos trabajadores propios y de empresas contratistas. A partir de la estimación de 2,55 puestos indirectos por cada empleo directo, se agregan cerca de 777 mil ocupaciones en otros sectores. En conjunto, la minería sostuvo más de un millón de empleos, equivalentes al 11,5% del total nacional.

Esta extensa cobertura territorial obliga a miles de trabajadores de empresas proveedoras a desplazarse diariamente, muchas veces por caminos aislados, de difícil acceso y en altura, durante jornadas de turnos. Por ello, la seguridad vial no puede reducirse al cumplimiento normativo ni considerarse un asunto secundario. Debe entenderse como uno de los pilares del desarrollo sostenible de una actividad esencial para Chile, que incide directamente en la productividad del sector.

Las flotas que prestan servicios a la minería necesitan operar a la vanguardia y con estándares exigentes, que impliquen indicadores de seguridad, productividad y continuidad operacional. Eso supone - entre muchas otras acciones - incorporar tecnologías de asistencia a la conducción capaces de detectar factores humanos como somnolencia, fatiga, distracción o conductas temerarias. También requiere modelos de gestión apoyados por inteligencia artificial, que analicen en tiempo real los datos generados por los dispositivos y permitan identificar riesgos, anticiparlos y adoptar medidas inmediatas y de largo plazo.

Chile cuenta con capacidades para crear este tipo de soluciones, considerando incluso el contexto en que ocurre cada alerta. No es lo mismo que un conductor sufra un microsueño en una ruta minera que en una vía urbana: cambian la velocidad, el entorno, la carga, la distancia de respuesta y la gravedad potencial de las consecuencias.

La primera obligación de la seguridad vial es proteger la vida. Pero sus efectos también alcanzan la continuidad y la productividad de las operaciones. Un estudio encabezado por Michael Fitzharris (paper 26-027), centrado en el protocolo Euro NCAP 2026, estimó que, bajo sus supuestos y en un escenario de adopción inmediata, los sistemas de monitoreo del conductor (DMS) orientados a enfrentar conjuntamente la distracción y la somnolencia podían alcanzar una relación beneficio social-costo de 2,47 a 1 y superior a 21 a 1 en el largo plazo (30 años). El análisis se realizó con datos de accidentes graves de Victoria, Australia, y consideró vehículos de pasajeros y comerciales livianos, no faenas mineras.

En momentos en que la minería chilena enfrenta desafíos de productividad y competitividad, la seguridad vial debe ser vista como una aliada estratégica. Capacitación, gestión del cambio, investigación, desarrollo e innovación son herramientas complementarias para proteger a las personas y fortalecer la continuidad operacional. Si Chile aspira a seguir siendo una potencia minera con estándares de clase mundial, esos estándares deben alcanzar toda la cadena de valor, incluidos el transporte terrestre de carga y el traslado de trabajadores.