Chile
Patricio Lillo, profesor de la Escuela de Ingeniería Universidad Católica de Chile, Director Unidad de Tecnologías del Hidrógeno y Director Asociación Chilena de Hidrógeno (H2 Chile).

viernes 27 de marzo del 2026.- El reciente aumento y volatilidad en el precio del diésel vuelve a poner presión sobre la minería chilena. No es un fenómeno nuevo, pero sí uno que, en ciertos momentos, obliga a mirarlo con mayor atención. Esta semana, con precios que superan los $1.500–$1.600 por litro, el efecto se vuelve más evidente.
En la práctica, variaciones en el precio del diésel ya están teniendo impactos relevantes en el costo caja (C1), del orden de varios centavos por libra. A nivel agregado, los efectos alcanzan centenas de millones de dólares ya hoy producto de este aumento.
Esto no implica que el diésel deje de ser, en el corto plazo, una solución necesaria. Probablemente lo seguirá siendo por un tiempo. Pero sí refuerza la idea de que es necesario avanzar con mayor fuerza en alternativas que permitan reducir esta dependencia en el mediano plazo.
Las opciones tecnológicas están en desarrollo en el mundo —electrificación, hidrógeno, combustibles sintéticos— y algo se ha avanzado en Chile, pero aún no han alcanzado niveles de maduración que permitan un escalamiento pleno a la escala que requiere la minería chilena. En ese contexto, más que esperar soluciones externas, se vuelve razonable que el país asuma un rol más activo en habilitar su desarrollo.
Esto no es un proceso simple. La industria, a nivel global, está enfrentando barreras tecnológicas, económicas y de integración que ralentizan el despliegue. No se trata de soluciones plug-and-play, sino de transformaciones más profundas en la forma en que se diseñan y operan los sistemas energéticos en minería.
En ese sentido, el desafío es doble. Hay componentes tecnológicos que aún deben consolidarse, pero también hay un espacio importante en materia de articulación: coordinación entre actores, desarrollo de infraestructura, definición de estándares y capacidades para implementar estas soluciones de manera efectiva.
Al mismo tiempo, este proceso abre una oportunidad relevante en términos de cadena de valor. La transición hacia nuevos sistemas energéticos no solo implica cambiar un insumo, sino desarrollar capacidades en ingeniería, integración, infraestructura eléctrica, operación y mantenimiento. Esto puede habilitar espacios para proveedores locales y ampliar el alcance del ecosistema minero en Chile.
El impacto también se observa a nivel territorial. La reducción de emisiones locales y de ruido tiene efectos directos en el entorno de las operaciones, lo que puede facilitar la relación con comunidades y contribuir a condiciones más favorables para el desarrollo de proyectos.
Para avanzar en esta dirección, no basta con la disponibilidad tecnológica. Se requieren condiciones habilitantes más amplias: coordinación entre niveles del Estado, planificación de infraestructura, gestión de permisos, formación de capacidades técnicas y mecanismos que permitan acelerar la implementación. Las señales regulatorias son parte de esto, pero no lo agotan.
Estos temas están cada vez más presentes en la agenda pública, lo que es una señal positiva. El desafío está en traducir esa discusión en avances concretos, en plazos que sean consistentes con la magnitud del problema.
El diésel seguirá siendo parte de la operación minera en el corto plazo. Pero su impacto en costos, junto con las tendencias globales, sugiere que avanzar en alternativas no es solo una opción, sino una necesidad que conviene abordar con mayor decisión.
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