Chile
Por Ramón Rada Jaman, presidente de la Comisión de Innovación del Instituto de Ingenieros de Minas de Chile (IMCh).

viernes 08 de mayo del 2026.- Junto con entregarnos una serie de virtudes productivas, el mar nos ha convertido en una nación tricontinental y bioceánica por vocación geopolítica. En el Mes del Mar, no podemos mirar al océano solo como límite territorial. Por el contrario, debemos recordar su rol como plataforma logística, fuente de recursos, regulador climático, corredor comercial y herramienta geopolítica.
La minería es uno de los mejores ejemplos del papel estratégico que juega el mar, especialmente en el norte, donde el trabajo a gran escala se asocia también a la capacidad de asegurar agua, puertos, rutas marítimas, infraestructura crítica y cadenas logísticas confiables.
En este ámbito, la desalación dejó de ser una alternativa complementaria para convertirse en un eje habilitante del desarrollo minero. Sin agua de mar, buena parte de los proyectos enfrentaría límites operacionales, sociales y ambientales cada vez más severos, comprometiendo su sostenibilidad.
Por eso, el mar no solo acompaña a la minería, la hace posible. Gracias a él se abastecen las faenas, se conecta el comercio exterior y se asegura la continuidad de una industria clave para el crecimiento de Chile.
Proteger el mar no significa solo resguardar la soberanía, es también defender aguas jurisdiccionales; así como resguardar infraestructura portuaria, cables submarinos, rutas comerciales, ecosistemas y capacidades navales. Hoy, la seguridad marítima es igual a seguridad energética, alimentaria, industrial, tecnológica y minera, más cuando la exploración, la conectividad y la competencia alcanzan incluso el fondo marino y la plataforma continental.
De ahí que la tricontinentalidad de Chile no pueda seguir siendo una expresión simbólica, sino una visión de Estado que nos obligue a pensar el país más allá del mapa habitual, entendiendo que el Pacífico Sur, el Estrecho de Magallanes, Cabo de Hornos y la Antártica forman parte de una misma ecuación.
El Estrecho de Magallanes es una llave natural entre océanos, un espacio de soberanía efectiva y una plataforma de proyección austral. Por eso, en medio de las tensiones geopolíticas, la competencia por recursos, la presión sobre las rutas y el creciente interés por los polos, Chile debe velar activamente por su protección y desarrollo.
La historia ofrece ejemplos claros de nuestra vocación marítima. Arturo Prat, al mando de la Esmeralda, marcó la conciencia republicana; Luis Pardo, en el rescate de la tripulación de Shackleton, demostró la pericia chilena; y Policarpo Toro, al impulsar la incorporación de Rapa Nui, comprendió antes que muchos que el destino de Chile también se jugaba hacia el Pacífico.
Chile no puede aspirar a ser potencia minera, energética, logística o alimentaria si no se reconoce también como potencia marítima. La economía del futuro exigirá mayor integración entre minería, industria, puertos, tecnología, agua de mar, energía limpia y seguridad oceánica.
Por eso, el Mes del Mar debiera entenderse como una invitación a la reflexión más allá del homenaje a los hitos históricos. Debemos también pensar, con visión de futuro, en puertos eficientes, astilleros, ingeniería naval, ciencia y exploración oceánica, vigilancia marítima, protección ambiental, control pesquero, presencia antártica, seguridad de rutas, infraestructura resiliente y una Armada moderna, disuasiva y preparada.
Chile comienza en el mar, donde se explica parte importante de nuestra historia, se sostiene buena parte de nuestra economía y se proyecta una fracción decisiva de nuestro futuro. En esas aguas se cruzan la soberanía, la industria, la minería, la ciencia, el comercio, la defensa y la identidad nacional. Por eso, no debemos olvidar que Chile comienza en la mar y como versa el lema de la especialidad del litoral de nuestra Armada “somos los protectores del mar”.
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