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Daniel Knockaert L.

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Mucho se puede decir acerca del ingenio y músculo del Proyecto Hidroeléctrico Alto Maipo (PHAM). Sin embargo, mi parecer como contratista del proyecto es que su arista más llamativa es la notable distancia que sigue existiendo entre el real aporte e impacto del proyecto y la percepción de la opinión pública.

Lo que finalmente es lo más relevante del PHAM – y lo que curiosamente menos se menciona – es el hecho que la energía que producirá el proyecto es muy limpia. No hay contaminantes, no hay sectores inundados y no hay más que intervenciones puntuales en el paisaje, que son inherentes a una central de paso moderna.

La consigna principal de los opositores al proyecto, que han cobrado cierto grado de notoriedad en la opinión pública, guardan relación con preocupaciones en su mayoría ajenas a esta realidad: pérdida de agua potable y de regadío para Santiago, baja del nivel de agua del río en el tramo intervenido, la noción de que la energía generada será para uso exclusivo de una faena minera, el impacto de la construcción y el supuesto daño ambiental y patrimonial.

Tengo el privilegio de poder trabajar para una empresa  responsable y consciente con el medio ambiente, las comunidades, el empleo local y los trabajadores. Y siento que es mi deber aprovechar esta oportunidad para aclarar de forma simple estas inquietudes que – como se ha hecho evidente – surgen hasta de la gente más informada, por no estar familiarizada con el proyecto. Y son caldo de cultivo para interpretaciones erróneas que llevan a condenas sin fundamentos al proyecto.

Primero, el agua no es un consumible del proyecto, sino que un recurso renovable: se devuelve río abajo sin efecto para la Región Metropolitana. Si bien podrá bajar el nivel del agua del río Maipo en el tramo intervenido, se ha estudiado y concebido el proyecto para asegurar que en dicho tramo el caudal cubra no tan sólo las necesidades locales de riego y consumo humano, sino también para poder seguir desarrollando sin efecto actividades como el kayaking. Este nivel mínimo será monitoreado en tiempo real para asegurar su cumplimiento. 

Con respecto al suministro directo a una faena minera, solo sería posible si se construyera una línea directa de cientos de kilómetros, lo que es impracticable. La energía se entregará al Sistema Interconectado Central. Es decir, todos nos beneficiaremos de su costo inferior y generación menos contaminante comparada con las alternativas.

Por último, el impacto de la construcción es mínimo, y en puntos acotados. Lo más molesto quizás sea el tránsito de vehículos livianos de supervisión que recorren la vía única y pública que conecta los frentes de trabajo, pero en ningún caso se compara con el constante tránsito de camiones de transporte de áridos que ha existido hace décadas. De hecho el PHAM – entre muchos otros aportes a la comunidad – se ha hecho cargo de la mantención de los caminos a su costo.

Por otra parte, los puntos de intervención fueron cuidadosamente seleccionados y su área es muy acotada, en especial si se comparan con lo que abarca una central de otro tipo.

No hay daño patrimonial y la vegetación del sector no se verá afectada, puesto que los afluentes principales mantienen el caudal que les permite sostener los ecosistemas.

Algunos de estos puntos se pueden extraer del estudio de impacto ambiental, otros se pueden deducir de forma simple al conocer de forma básica el proyecto. Pero sin duda la mejor fuente de información es la gente que trabaja en el proyecto – de la gerencia hacia abajo –  siempre abierta y dispuesta a entregar información para transparentar y desmitificar algunos aspectos sobre la central, que indudablemente será de gran beneficio para el país.

Daniel Knockaert es socio y Gerente de Operaciones en Coihue Arquitectura y Construcción Limitada, empresa dedicada a dar soluciones integrales a encargos de índole industrial, comercial y habitacional en el ámbito de la Construcción, Arquitectura, Proye

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